El padre Ángel Olaran, de la Sociedad de los Misioneros de África, los Padres Blancos, escribe con motivo del centenario del Domund, para recordar cuánto marcó su vocación esta fiesta de la misión cuando era niño. “Abba Melaku”, como era conocido en Tigray, Etiopía, recuerda también la antigua y famosa película de las Obras Misionales Pontificias, “La mies es mucha”. Su vocación personal y como religioso de los Padres Blancos le ha llevado a dedicar toda su vida a África.
El padre Ángel ha querido dejar su testimonio misionero por los 100 años del Domund y no duda en decir que “es muy probable que, en el subconsciente, una de las razones de mi apertura a África, haya sido el día de las procesiones del Domund, unida a la película: ‘La mies es mucha’, a la que, de niño, acompañé a mi madre”. Nacido en Hernani, Guipúzcoa, recuerda que creció “en el entorno de la parroquia participando en actividades con la Juventud de los Luises y la celebración dominical”. Además, “en el País Vasco existían las Misiones Diocesanas que invitaban a jóvenes a participar en actividades en misiones por un período de 2 años, especialmente en Sudamérica. Uno de mis amigos participó en ello”.
Cuando tenía 22 años su padre falleció y, ya trabajando, empezaron a surgir “vivencias juveniles y anteriores como las procesiones del Domund, actividades sociales de servicio… y con ello, la posibilidad de retomar ese estilo de vida, pero sabía que tenía que ser en África”. Acabó conociendo la Sociedad de los Misioneros de África, los Padres Blancos, y no duda en decir que “la vocación misionera fue anterior a la sacerdotal”.
Su primera misión fue Tabora, en Tanzania, donde estuvo de 1970 a 1991: “Serví en tres parroquias. En cada una de las tres compartí el trabajo parroquial con otro compañero. En las tres la estructura física era la misma: la parroquia y, a lo largo y ancho, teníamos entre 50 y 60 sucursales o comunidades católicas, que algunas podían estar a 100 km de la parroquia”. Durante los 6 meses de lluvias era complicado moverse y recuerda la mosca tse-tsé. En la moto, si bajabas de 20 km/h, se le posaban en la espalda, llenándola de picaduras. Eran horas y horas de traslados que con humor resume con la frase: “Me costaba comprender que se pudiera hacer motocross por hobby”.
Pero las dificultades se superaban, dice, y, además, había un catequista en cada sucursal, que era el alma de la comunidad, y un consejo que le apoyaba para dar formación de los catecúmenos, clases de religión en las escuelas, asegurar la celebración dominical, animar a los jóvenes, a los enfermos. En sus visitas a estas comunidades recuerda que “la gente llegaba a la iglesia con tiempo y, antes de comenzar la celebración eucarística, dedicábamos ese rato para contextualizar la Eucaristía a la comunidad”. El obispo de la diócesis estaba apenado de que los católicos, teniendo por el bautismo el derecho a recibir la Eucaristía, algunos apenas pudieran hacerlo unas pocas veces al año. Para eso estaban los misioneros.
“En diciembre del 1992 llegué a Wukro, en Tigray, Etiopía”, cuenta el misionero. Allí, “el padre José Luis Bandrés, que llevaba 22 años en Tigray, y yo comenzamos a ‘montar’ una misión desde cero: Un terreno con una acacia cargada de años en un lugar árido y la dirección de un par de ONG con el mandato de construir una escuela secundaria. Wukro tenía una población de unas 20.000 personas – 85% ortodoxas, 15% musulmanas. Media docena de protestantes y un católico. Ningún animista”. Así construyeron la misión y un centro social para formación profesional con cursos de agricultura, comercio, mecánica general, electricidad, informática, contabilidad… Explica que aquella escuela tuvo su impacto, saliendo al campo, para llegar al campesinado “con programas de captación de agua, regadío, rehabilitación de torrentes, creación de embalses, azudes, mejoras de semillas, reforestación, mejora de la calidad de la tierra y yerba para el ganado. Microcréditos a mujeres cabeza de familia; a jóvenes; mejoras del medio ambiente; cultivo ecológico”. Hoy aquel programa lleva más de 20 años en marcha y está perfectamente organizado… Tiene un impacto real en la mejora de la vida de huérfanos, enfermos, ancianos, minusválidos… Da solo un dato: por el programa han pasado “alrededor de 30.000 niños menores de cinco años malnutridos”.
La vida del padre Ángel Olaran, al que muchos han llamado el “Ángel de Etiopía”, comenzó así optando por la vocación misionera cuyas primeras semillas se habían plantado en la niñez, en un pueblo del País Vasco, en los días del Domund.